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Pepe y Silvia: los orígenes de Corona del Inca

Pepe y Silvia

Entre papeles guardados aparecieron varias páginas del suplemento “Destinos”, de Diario Nueva Rioja, y del suplemento de Turismo de La Rioja, fechadas entre 2004 y 2005 (y pensar que desde el 98’ ya recorriamos esta hermosa provincia). Leerlas hoy es como abrir una cápsula del tiempo: las mismas rutas que todavía recorremos, los mismos paisajes que nos siguen dejando sin aliento, y dos nombres detrás de todo eso: José Orquera —para todos nosotros, simplemente Pepe— y Silvia Rodríguez —como la conocen ustedes, Silvia—.

Silvia en el Crater Corona del Inca – Marzo 2003
Silva y Pepe en el Crater Corona del Inca – Marzo 2003

El cráter que le dio nombre a todo

Antes de ser una empresa, Corona del Inca fue —y sigue siendo— un lugar real. Se trata de una caldera volcánica ubicada a 5.530 msnm, a 520 kilómetros de la Capital riojana, al borde del volcán Pissis. En su interior duerme un lago de aguas templadas y azules, de unos 2 km de largo por 1 km de ancho: el espejo de agua navegable más alto del mundo. Allí, en noviembre de 2000, se batió el récord mundial de navegación en altura, y el 6 de marzo de 2002 dos riojanos del Grupo CAPE —el Suboficial Inspector Juan Carlos Rojas y el Cabo 1° José Nicasio Ibáñez— establecieron el récord mundial de buceo en altura, a 5.198 msnm —un hito que se mantuvo vigente varios años, hasta que en 2019 fue superado en el Ojos del Salado—. El chileciteño Jorge Llanos había sido el primer riojano en llegar hasta ese sitio remoto, allá por la década de 1970.

No es casualidad que una empresa de turismo haya tomado ese nombre. “Corona del Inca” siempre representó los límites de lo posible en la cordillera riojana, y la audacia de quienes se animaban a ir a buscarlos. (Hasta un hotel de Vinchina se bautizó igual, prueba de cuánto pesa ese nombre en la zona.).

El amor por los caminos

Pepe y Silvia, matrimonio, fundaron Corona del Inca simplemente por amor a viajar y por las ganas de mostrar rincones de la provincia que, en ese momento, muchos desconocían. De esas ganas compartidas nació todo lo demás.

En octubre de 2004, el Diario Nueva Rioja dedicó una nota a una expedición que da gusto releer. La empresa ACTIVE Argentina había elegido a la Provincia como escenario de su evento “Adventure 2004”, y confió toda la logística a Corona del Inca. Pepe, diseñó un circuito que nadie había recorrido antes: dos días por viejas huellas mineras de las Sierras de Sañogasta, un “Vallecito Encantado” con formaciones bautizadas “El plato volador”, “El submarino” y “El Cóndor en picada”, un cañón de granito y un pequeño Valle de la Luna desconocido. Para Pepe, lo más relevante de toda la travesía fue la caminata final por el interior de “Los Cajones”, el cañón de 12 kilómetros que nace en Talampaya — un paisaje que, dice la crónica, no tiene nada que envidiarle al mismísimo Circuito 2 (Cañón de Talampaya hoy) del parque.

Esa misma edición contaba que el titular de la Agencia Provincial de Turismo, Adolfo Scaglioni, había recorrido junto a los propietarios de Corona del Inca un nuevo circuito de “turismo geológico minero” entre Amaná y la Pampa de Agua del Medio: antiguas minas de basalto, un caserío minero con viviendas todavía en pie, vestigios de civilizaciones aborígenes —morteros y cananas— y los terrenos de la histórica estancia de Talampaya. Un año más tarde, en septiembre de 2005, ese mismo paisaje de Amaná-Talampaya volvió a las páginas del suplemento por el Día Mundial del Turismo, con fotos firmadas simplemente “Orquera”.

Una cordillera con historia propia

Las páginas encontradas también guardan otras postales que hoy son parte de nuestra identidad: el Paso Internacional Pircas Negras, que une La Rioja con Copiapó (Chile) a través de Laguna Brava y del histórico Refugio El Peñón —uno de los trece refugios construidos en 1873, durante la presidencia de Sarmiento, para proteger a los arrieros que cruzaban ganado por el Camino de los Toros—; y el imponente Pissis, de 6.795 msnm (actuales), la tercera cumbre más alta del continente americano después del Ojos del Salado, rodeada de glaciares, lagunas de altura y misterios que en la zona todavía se cuentan junto al fuego.

Dos décadas después, seguimos subiendo a las mismas sierras, cruzando los mismos pasos y contando estas mismas historias. Un proyecto que Pepe y Silvia empezaron juntos, aún sigue siendo aliado de aquellos que se aventuran a recorrer las bellezas del Norte Argentino.

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